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miércoles, 1 de octubre de 2014

El Pasillo, la alegría de la tristeza popular.

Esta guitarra vieja que me acompaña,
Tiene la pena amarga que me tortura.
-Carlota Jaramillo.





El pasillo, símbolo de identidad nacional se lo festeja hoy 1ro de octubre gracias al decreto ejecutivo que se dio en la presidencia de Sixto Duran Ballen. Precisamente conmemorando el natalicio (1ro de octubre de 1935) de uno de los exponentes más grandes que tuvo el pasillo y la música ecuatoriana, estoy hablando de Julio Alfredo Jaramillo Laurido más conocido como el Ruiseñor de América.


Realmente el origen del pasillo viene de Colombia, pero en Ecuador se lo hizo propio tomando influencias melódicas del sanjuanito y yaraví, de ahí su sonido tan particular, alegre y melancólico, la eterna tristeza de la alegría popular. A partir de esto se convierte inmediatamente en símbolo musical de la nacionalidad. El pasillo ecuatoriano pudo integrar y a la vez generar significados distintos entre heterogéneos grupos sociales, étnicos y generacionales.


Los mejores representantes del pasillo ecuatoriano han sabido interpretar el mismo de manera sublime, el mismo Julio Jaramillo, Carlota Jaramillo, Olimpo Cardenas, el Trió Los Reales. Ellos nos han regalado versiones que calan el alma, que evocan el amor encontrado y mayoritariamente el amor perdido, el pasillo es nostalgia.


El pasillo es identidad, es cultura, es poesía, es la tristeza misma de la alegría popular.







martes, 25 de junio de 2013

Perro Azul.


Azul ciano, universo helado,
azul magenta, verso cálido.





Perro azul de despedidas,
vienes me mueves la cola y me ves a los ojos,
y te acercas con las orejas caídas y el hocico partido,
y quizá el rabo entre las piernas.

Sé a qué vienes,
siempre te llevas alegrías,
me la cambias por apatía,
hastío,
soledad.

Mi tristeza se volvió azul de repente,
cobrá color ahora.
Antes incolora e indefinible;
Hoy perro
y hoy azul.


domingo, 12 de mayo de 2013

Vieja





Ahí estas vieja,
Cariñosa, elocuente, justa.
Te veo arrugada que vas por la vida,
Sueños idos, cadenas rotas, tiempo perdido.
 

Y ahora que es tu día, ¿qué te regalare?
Rosas en tu florero, una olla en tu cocina, un calzonario en tu cajón.
Porque no hay regalo que baste, ni abrazo que sobre para decirte “te quiero”, para decirte “me importas”, para decirte “gracias”.
 
Me pariste y me criaste,
Me abrazaste, me reprendiste.
Me acariciaste con tu dulce mano, me golpeaste con tu cuchara de palo.
 

Sollozo, 
tu recuerdo aparece en mi ventana.
Llegas alada, blanca.
Qué manera curiosa de llegar y coincidir.
Silenciosa, inundada, encima del mundo.

sábado, 2 de marzo de 2013

Abuelita, Abuelita…!!!






Hace quince años, este grito era común en una casa que se encuentra ubicada a pocos pasos del parque central de la parroquia La Esperanza ubicada en el cantón Pedro Moncayo de la provincia de Pichincha.


Años después visite esa misma casa, después de que la muerte haya ido dejando su rastro doloroso y cuando el tiempo se encargó de reconfortar ese dolor, cuando el tiempo se encargó de que olvidaramos a personajes que ahora solo están en nuestra memoria como imágenes de lo que pudo ser o no.


La casa está destruida, completamente destruida. Ahora solo quedan las historias de travesuras de infancia que mi madre nos contaba. Queda la historia del duende que salía de un armario todas las noches, eso según un tío en segundo grado que dormía ahí y que llegado a este punto y en esta edad debo pensar que capaz si veía al duende, después de fumar un cigarrillo ilegal o comerse un hongo de la zona. 


El recuerdo de esa casa es la cama general que se hacía cuando se llenaba de familiares, la bisabuela sentada en una grada de la cocina medio ciega, media sorda; pero igual de cariñosa con todos, así no los reconozca.


Queda aquel recuerdo recurrente y constante del horno de leña donde se hacia el más espectacular y mejor pan de maíz de todo el mundo. Bueno quizá exagero. Queda el recuerdo de las veces que mis tías abuelas nos dejaban hacer caballitos con la masa del pan y de ojito les ponían una bolita de ceniza que sacaban de la pared del horno. El agua de cedron con machica. La cantina de mi tía abuela donde nos “regalaba” las colas, años después me entere que la cuenta se la pasaba a mis padres.


Que solos se quedan los muertos dicen. JAAAA. Que solos nos quedamos nosotros sin ellos, esa es la verdad…